sábado, 20 de noviembre de 2010

El reloj ...

Miraba fijamente al reloj. El incesante e imparable paso de los segundos me desquiciaba cada vez más. La aguja continuaba impasible, dando vueltas y vueltas en aquel viejo reloj que otorgaba a la cocina la clásica melodía del "tic-tac". Solamente él lograba romper aquel profundo silencio que todo lo teñía de tristeza, solo él, firme, sincero e implacable. Duró apenas dos segundos esa lágrima cristalina en salir, recorrer mi cara y caer sobre la mesa. Parecieron horas.

Un llanto la acompañó, pero éste duró mucho más de dos segundos. El reloj anunció sin sentimientos que eran las dos de la tarde, luego las tres, las cuatro... y yo seguía ahí, sentada y hundida frente a la pared, fría estructura que me mantenía aún en la silla, seguía allí sentada manteniendo una esperanza y esperando.

Esperando ver aparecer, por entre la vieja puerta de madera, ese sentimiento que creía inexistente, cruel y despiadado, y por momentos increíblemente deseado.

"¿Dónde estás, Felicidad?" susurraban sin cesar mis labios. Y no aparecía, y el tiempo seguía volando en dirección a ninguna parte. Y el reloj seguía sonando "tic-tac, tic-tac" y mi corazón seguía palpitando. La hora llegó...

La cerradura giró, y se oyeron unos pasos ... Tras unos segundos, oí sus gritos: "mami, te traigo un regalo. Te he hecho un dibujo en el cole". Mi larga espera había terminado. La Felicidad acababa de entrar por la puerta. Sonreí. Me levanté para prepararle la merienda. Miré el reloj. Ya no sonaba igual, ahora el tic-tac tenía otro color, ahora el reloj cantaba ... ¿Sería feliz también?

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