lunes, 17 de mayo de 2010

Lección de Amor ...


John Harmond estudió la multitud de gente que se abría paso hacia la Gran Estación Central. Buscó la chica cuyo corazón conocía pero cuya cara nunca había visto: LA CHICA DE LA ROSA.
El interés en ella había comenzado trece meses antes en una Biblioteca de Miami, cogiendo un libro de la estantería. Al empezar a leerlo, se encontró intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas en algunos de sus márgenes. La escritura suave reflejaba un alma pensativa y una mente brillante. Nervioso, intentó buscar en alguna parte del libro el nombre de la autora de tan bellas palabras. Finalmente, lo encontró en la parte frontal del libro: Holly Miller.
Con tiempo y esfuerzo localizó su dirección. Ella vivía en Nueva York. Le escribió una carta para presentarse y para invitarla a que siguieran el contacto mediante misivas. A los pocos días, John fue destinado para servir en la II Guerra Mundial. Durante un año y un mes, los dos se conocieron a través del correo, y el romance fue creciendo. John le pidió una fotografía, pero ella siempre se negó. Le decía que si él de verdad la quería, no importaba cómo fuera ella.
Cuando por fin terminó la guerra, acordaron conocerse en persona. Arreglaron su primer encuentro a las siete de la tarde de ese mismo día en la Gran Estación Central de Nueva York.
- "Tú me reconocerás"- dijo ella - "por la rosa que llevaré en la solapa".

Y allí estaba John, hecho un manojo de nervios, a punto de entrar en la Estación Central.
A escasos metros de la puerta, una joven, con abrigo verde, alta y esbelta esperaba. Su cabello rubio y rizado se encontraba detrás de sus delicadas orejas; sus ojos eran azules como flores. Sus labios y su mentón tenían una gentil firmeza y dentro de su traje verde pálido era como la primavera en vida. John se acercó caminando hacia ella sin darse cuenta de que no llevaba la rosa. Mientras se movía, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios:
- "¿Vas por mí, marinero?" - murmuró ella.
Casi incontrolablemente, John dio un paso hacia ella y entonces vio a Holly Miller. Estaba parada casi directamente detrás de la chica. Una mujer, ya pasada de sus cuarenta, con cabello grisáceo bajo un sombrero gastado. Era más que regordeta, sus pies, con gruesos tobillos, descansaban en zapatos de suela baja.
La chica del traje verde se iba rápidamente. John sintió como si se partiera en dos: su deseo tan agudo de seguirla, y a la vez tan profundo su anhelo por la mujer cuyo espíritu le había acompañado y apoyado durante la guerra.
Y ahí estaba ella. Su pálida y rolliza cara era gentil y sensible, sus ojos grises tenían un brillo cálido y amigable. John no vaciló; sus dedos apretaron la pequeña y usada copia de cuero del libro que llevaba para identificarse con ella. Cuadró sus hombros, saludó y le ofreció el libro a la mujer, aunque mientras hablaba se sintió ahogado por la amargura de su decepción.
- Soy el Teniente John Harmond, y usted debe ser la Srta. Miller. Estoy muy contento de que nos conozcamos. ¿Puedo invitarle a cenar?"- le dijo él.
La cara de la mujer se ensanchó en una sonrisa tolerante.
- No sé de qué se trata esto, hijo - respondió ella - pero la señorita del traje verde que se acaba de ir me rogó que me pusiera esta rosa en mi abrigo. Y me dijo que si usted me invitaba a cenar, yo le dijera que ella le está esperando en el restaurante de enfrente. ¡Dijo que era una clase de prueba!

Riendo a carcajadas, John salió de la estación y cruzó la calle que le separaba del restaurante donde la verdadera Molly le esperaba. Aquella había sido, sin duda, una verdadera LECCIÓN DE AMOR.

1 comentarios:

A las 18 de mayo de 2010, 23:50 , Blogger Manuel ha dicho...

Me he quedado sin palabras. Indiscutiblemente es una verdadera lección e historia de amor.
Un abrazo Rebecca.

 

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