jueves, 1 de julio de 2010

La roca altiva...

El mar, hecho ola, golpeaba la roca. La roca, altiva, despreciaba los golpes.
- ¿Por qué te resistes?- preguntaba la ola.
- ¿Por qué me golpeas? - respondía la roca.
- ¿Te hago daño? - insistía la ola.
- No, pero me ofendes - concluyó la roca.
Y la roca con su pétreo orgullo, seguía resistiendo. La ola, a veces, la acariciaba y, a veces, la
golpeaba. Y la gaviota sonreía: “Siempre están con el mismo problema”. Y bajaba volando y se posaba en la roca.
- ¡Márchate, gaviota. No te apoyes en mí!- protestaba la roca, orgullosa.
- ¡Eres como una mujer soberbia! - decía la gaviota- Yo no te molesto. Estás hecha para los pájaros.
- Yo soy para mí - decía tajante la roca.

Aquella tarde la gaviota leyó un periódico flotando en el agua cuyo titular decía: “Se va a canalizar la ría”.
- Roca, vas a morir - le dijo la gaviota.
- Yo nunca muero- respondió ella con su habitual estilo.
- Te quedarás sin agua y sin peces. Sola y reseca, como un esqueleto.
- Prefiero la sequedad y la soledad. Así no me molestará el mar.
Y el mar volvía y la azotaba de nuevo. Pero la roca, cada vez más piedra, rompía al mar haciéndolo espuma.

Pasaron dos días y vieron unas grúas en el puerto. Dragadoras, obreros, moles inmensas de piedra... La gaviota volaba y jugaba con el mar. El mar le entregaba sus peces más pequeños para que ella comiera. Entonces, la gaviota le dijo:
- Van a desviarte de tu camino.
- ¿Quiénes?- respondió el mar sorprendido.
- Los hombres van a canalizar la ría.
Y el mar lo lamentó mucho, porque estaba acostumbrado a luchar contra la roca. La echaría de menos...
La roca, sin embargo, cuando canalizaran la ría tendría un problema menos y un descanso más. Pero sólo pensar en el descanso la aburría...
- ¡Déjame en paz! - gritó arisca la roca.
- Cálmate. Vengo a despedirme - respondió cortesmente el mar.
- No te creo. Siempre vienes y vas. Volverás - dijo la roca.
- No, no puedo.
- Entonces... ¿me voy a quedar sola? - preguntó asustada la roca.
- Era lo que querías, ¿no? - respondió el mar.
- Puedo vivir sola perfectamente - exclamó la roca con aire prepotente.
- Nadie puede - dijo con pena el mar.
Y vinieron los hombres. Y cayeron las piedras. Y trabajaron las grúas. Y el mar no volvió...
El mar encontró otro camino y conoció otras rocas. Al principio echaba de menos a su roca. Pero debía moverse, golpear otras rocas, encontrar su fuerza y seguir su nuevo destino.

La roca se fue secando. Al principio disfrutaba de su paz. Pero su soledad comenzó a aprisionarla. Ya no se posaba la gaviota. La suave humedad fue desapareciendo. Ya no podía llorar. Se había quedado sin lágrimas...
Llamó al mar, a su mar, a su ola...; llamó a la gaviota..., pero ninguno acudía.
Los niños iban a jugar donde ella estaba. Colocaban pucheros viejos sobre ella, pintaban dibujos, rompían cosas encima de ella... Estaba expuesta al peligro.
Un día unos gamberros tiraron sobre ella un bidón de brea. La roca, entonces, dejó de ver, de oír, de sentir... La roca, en ese mismo momento, HABIA MUERTO.

1 comentarios:

A las 15 de agosto de 2010, 22:38 , Blogger Manuel ha dicho...

La soledad total es lo peor que le puede pasar a cualquiera, pero de vez en cuanto estar solo es bueno.
Pidamos que nunca nos pase lo que a la roca.

Un abrazo muy grande Rebecca.

 

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